Julio Quispe: una voz quechua entre caminos, memoria y comunicación
Semblanza de un comunicador que hizo de la lengua de su familia, de los caminos de su infancia y de la memoria de los pueblos una forma de comprender el país y de tender puentes entre personas, lenguas, territorios y mundos.
Julio Jacinto Quispe Medrano nació en una comunidad campesina de Langui, provincia de Canas, Cusco. Su primera escuela fue también el territorio: las pampas, los cultivos, el pastoreo, el fogón familiar, los animales, las lluvias, las heladas y las voces que acompañaban la vida comunal. En ese paisaje, el quechua y el castellano no eran asignaturas: eran formas cotidianas de nombrar el mundo.
El paisaje de su infancia cambiaba con las estaciones. Durante el invierno, la helada endurecía las madrugadas y el sol encendía los amarillos, ocres y rojizos de los campos. Cuando regresaban las primeras lluvias, las quebradas volvían a llenarse y el calendario agrícola comenzaba otra vez. Para quien llegaba de fuera, aquellas laderas podían parecer silenciosas; para quienes vivían allí, estaban llenas de señales: aves que anunciaban cambios de tiempo, animales buscando a sus crías, voces familiares y conversaciones alrededor del fogón.
En ese universo, el quechua no era solamente un idioma. Era la lengua del afecto, del consejo, del trabajo, de la memoria y de la convivencia. En quechua se hablaba de la siembra, del viento, de la helada, de la tristeza y de la gratitud. Era también una manera de transmitir conocimientos sobre la naturaleza, el clima, la comunidad y el tiqsimuyu, el mundo que los mayores explicaban a quienes recién comenzaban a descubrirlo.
Descubrir el mundo desde la mirada quechua
En su hogar convivían el quechua y el castellano. Como ocurrió en muchas familias andinas de aquella época, existía también la preocupación de que hablar una lengua originaria pudiera convertirse en motivo de discriminación cuando los niños salieran de la comunidad. Por eso, durante sus primeros años se intentó que Julio se expresara principalmente en castellano.
Sin embargo, su madre continuó hablándole en quechua, la lengua en la que le resultaba más natural expresar el cariño, la preocupación y el consejo. Así se formó entre ambos un diálogo singular: él podía responder en castellano y ella hacerlo en quechua sin que ninguno necesitara traducir al otro. La comprensión había nacido antes que cualquier explicación gramatical.
Esa convivencia temprana entre dos lenguas terminó dejando una huella profunda. Mientras en el aula predominaba el castellano, en el recreo reaparecía con fuerza la lengua de las familias. Las voces, los juegos y las conversaciones de los niños devolvían al quechua su naturalidad. Con los años, Julio comprendería que el problema nunca había sido la lengua, sino los prejuicios que durante décadas llevaron a muchas familias a distanciar a sus hijos de ella para protegerlos.
Los caminos también enseñaban
La escuela de su comunidad atendía solamente los primeros grados de primaria. Para continuar estudiando, Julio y otros niños debían desplazarse cada día hacia otra comunidad. Aquellos recorridos largos, realizados a pie desde muy temprano, atravesaban caminos rurales, zonas de cultivo y paisajes que cambiaban con la luz y con las estaciones.
No había transporte escolar. La mayor parte del trayecto se hacía caminando, con el frío de la mañana y el cansancio del regreso. Pero el camino no era únicamente esfuerzo: era también conversación, juego, observación y aprendizaje. Los niños aprendían a leer las nubes, calcular distancias, reconocer cambios de clima y acompañar a quien avanzaba más despacio.
En el trayecto, el saludo a los adultos expresaba una forma de convivencia donde la comunidad ampliaba la idea de familia. Llamar “tío” o “tía” a una persona mayor no dependía necesariamente del parentesco: era una forma de reconocer respeto, cercanía y pertenencia a un mismo tejido social.
De aquellos recorridos quedó una enseñanza sencilla que atravesaría otros momentos de su vida: ningún horizonte parece tan lejano cuando se avanza con entusiasmo y se aprende a cuidar a quienes caminan al lado.
Voces que surcaban ríos y montañas
La ciudad de Sicuani era entonces uno de los principales puntos de encuentro comercial, cultural y comunicacional de la zona. Los fines de semana llegaban pobladores de distintas comunidades para vender productos, comprar artículos de primera necesidad y encontrarse con familiares y conocidos. Pero para un niño curioso había otro universo que resultaba especialmente fascinante: la radio.
En aquellos años, las emisoras enlazaban territorios enteros. Transmitían noticias, música y mensajes destinados a familias de comunidades alejadas, muchas veces en sus propias lenguas. Por onda corta también podían escucharse señales internacionales que hacían parecer pequeñas las distancias del mundo. Ese fenómeno despertó en Julio una curiosidad persistente: quería comprender cómo una voz podía salir de una cabina y terminar escuchándose kilómetros más allá.
Era todavía la época de discos de vinilo, tornamesas, consolas analógicas y grandes micrófonos. Las llamadas telefónicas se conectaban mediante centrales operadas manualmente. Frente a esos equipos, la tecnología parecía casi una forma de magia. Julio comenzó a acercarse cada vez más a las instalaciones de radio hasta que, siendo todavía muy joven, tuvo la oportunidad de leer anuncios comerciales en vivo frente a un micrófono.
Los textos se preparaban en hojas mecanografiadas y debían leerse directamente al aire. La repetición fue transformando la curiosidad en seguridad. Poco a poco entendió que la palabra podía separarse del cuerpo, convertirse en sonido y recorrer grandes distancias.
Aquello todavía no era una profesión. Era el nacimiento de una vocación. La radio podía acompañar a quien trabajaba en soledad, orientar a una familia, acercar noticias y hacer presente una voz donde la persona no podía llegar físicamente.

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